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Teoría del programa Control Total

lo que debes saber y lo que no debes hacer

2- Control de la respuesta sexual:

lo que no debes hacer

La psiquiatría y sus criterios: tres minutos bastan

En el tema de la perspectiva médica oficial sobre la eyaculación precoz encontramos uno de los ejemplos más sorprendentes de cómo puede llegar a normalizarse algo inaceptable: el DSM-5 denomina eyaculación “prematura” o “precoz” al patrón persistente en el cual el hombre eyacula dentro de aproximadamente un minuto después de la penetración vaginal. ¿Un minuto? Sí. Solo un minuto. 

No se trata de un detalle curioso sino de algo de suma gravedad porque el DSM-5 es el sistema de clasificación oficial de la Asociación Psiquiátrica Americana y es utilizado internacionalmente. Es el que establece los criterios que médicos, psiquiatras y psicólogos emplean para diagnosticar los llamados trastornos mentales.

Más adelante en ese documento dice «aunque los hombres con latencias de eyaculación de entre uno y tres minutos también pueden beneficiarse del tratamiento, no cumplen los criterios diagnósticos para la eyaculación prematura».

Las implicaciones de esta definición son evidentes. Sobran los comentarios y desarrollarlas con mucho detalle sería subestimar la inteligencia del lector. 

¿Qué implica esto en la vida real? El resultado práctico es de gran impacto para la supervivencia del vínculo: una relación sexual que deja insatisfecha a una enorme proporción de las mujeres está considerándose clínicamente normal. Sin embargo, al lado de esto, tampoco compartimos la conclusión inversa:  que la dificultad sea considerada una disfunción o una enfermedad. Es como si se considerara una enfermedad el hecho de que no hayamos evolucionado con la capacidad de respirar bajo el agua.

Como indiqué, los hombres con la dificultad de Manuel no están enfermos ni padecen una disfunción sexual: carecen de una habilidad que nunca fue necesaria durante la mayor parte de la historia evolutiva de la especie. Lo que necesitan no es un tratamiento farmacológico sino un entrenamiento.

Esta limitación fue tolerada durante milenios, pero dejó de serlo cuando la mujer comenzó a exigir su derecho al placer en los años sesenta. Sin embargo, ese logro desencadenó nuevos problemas. Uno de esos fue la aparición de falsos profetas con soluciones mágicas.

El papel y el peligro de los falsos profetas

A partir del momento en que la mujer exigió satisfacción sexual, algunos científicos comenzaron a recibir subsidios de las compañías farmacéuticas para investigar si la “eyaculación precoz” podía relacionarse con algún trastorno físico que requiriera medicamentos patentados. Así se llegó a afirmar que la dificultad tenía su origen en aspectos hormonales y metabólicos: un exceso de tiroxina, una falta de testosterona o cambios en los niveles de serotonina.

Es cierto que el hipertiroidismo, los niveles bajos de testosterona o de serotonina se relacionan de alguna manera con la respuesta sexual. Pero eso es distinto a pretender que existe una relación causal con la falta de control. Pretender esa causalidad es tan absurdo como creer que no saber andar en bicicleta puede originarse en un desequilibrio bioquímico.

Los fármacos prescritos para la eyaculación precoz que he podido verificar en mi consultorio incluyen la dapoxetina que le habían prescrito a Manuel, clomipramina, paroxetina y fluoxetina. Sin embargo, tomar un antidepresivo sin tener una depresión para solucionar la falta de control de la respuesta sexual es como intentar acabar con las ratas del sótano tomándose un veneno.

Hay además otro problema: reducir la sensibilidad del pene solo empeora las cosas, pues hace aún más ineficiente la comunicación entre el cerebro y los genitales. Cuando Manuel y Lucía comprendieron esto, entendieron por qué el uso del retardante había empeorado su situación en lugar de resolverla.

En estos tiempos en que todo se encuentra en internet han aparecido también otros falsos profetas. El más sofisticado es el entrenamiento aislado del músculo pubocoxígeo. El programa que estaba siguiendo Manuel tenía una presentación asombrosa y una lógica bastante creíble. Sin embargo, aunque los ejercicios de Kegel son esenciales para lograr el control de la respuesta sexual, por sí solos son insuficientes. Creer que pueden funcionar solos es como creer que puedes correr un maratón con solo entrenar los músculos de las piernas en un gimnasio.

Los falsos profetas no habitan únicamente los laboratorios ni los congresos científicos. Cuando una necesidad humana permanece insatisfecha durante demasiado tiempo, aparecen también en la cultura popular. Algunos visten bata blanca; otros hablan desde las redes sociales, los vestidores deportivos o las reuniones familiares. Pero el peligro no termina allí, porque toda dificultad frecuente no solucionada genera alternativas de todo tipo. Algunas se presentan con el lenguaje de la ciencia y otras con la apariencia del sentido común. Unas se venden en farmacias; otras circulan de boca en boca, en redes sociales o en conversaciones entre amigos. Todos comparten el mismo error fundamental: intentan resolver desde afuera lo que solo puede resolverse desde adentro. Y por eso fracasan.

Las soluciones populares y sus estragos

Al lado de las prescripciones oficiales, la cultura popular está llena de falsos profetas igualmente dañinos. Recomendaciones que han pasado de generación en generación, repetidas por la ignorancia y la desesperación, como la que estaba utilizando Manuel: pensar en el partido de fútbol. Otras recomendaciones recogidas en mi práctica clínica incluyen morderse los labios, rezar el Ave María y hasta pensar en la suegra. El objetivo de todas estas técnicas es el mismo: desviar la atención del placer para retardar la eyaculación. Pero hacerlo es la receta perfecta para destruir la intimidad y hacer más lejana la solución.

Recuerdo el caso de un hombre que durante años había estado pensando en su suegra cuando tenía sexo con su esposa. Según le habían dicho antes de casarse, eso le permitiría mayor control. Cuando vino a verme estaba realmente desesperado: seguir la recomendación le había provocado una reacción inesperada. Había perdido el deseo por su esposa, y el solo hecho de pensar en su suegra le excitaba. Cuando publiqué esa historia en mi libro Las 100 preguntas y el arcoíris del género, varias personas me escribieron relatando experiencias semejantes.

No se trata de una anécdota graciosa ni de un caso aislado. Es una tragedia íntima.

La moraleja es clara: la sexualidad existe para disfrutar, para jugar, para dar y recibir placer, cariño y amor. Todo intento de desviar el acto sexual de esos objetivos está destinado a provocar resultados inesperados.

Al inicio de este capítulo ofrecimos entender por qué la dificultad de Manuel existe, por qué el mundo aprendió a tolerarla y por qué sus primeros intentos de superarla fracasaron.

Sabemos ahora que la pregunta correcta no es qué enfermedad tiene Manuel, sino cómo se aprende una capacidad que la evolución nunca tuvo necesidad de enseñarnos. Sabemos que el sistema médico oficial normalizó esa condición, y sabemos que al surgir una nueva exigencia por parte de la mujer, los falsos profetas intentaron resolver la dificultad con las herramientas equivocadas.

Saber que no estamos enfermos es liberador. Saber qué podemos aprender una habilidad es esperanzador. Ahora falta lo más importante: comprender cómo una capacidad que no viene incorporada por la evolución puede desarrollarse mediante entrenamiento. Eso fue lo que Manuel encontró. Y es lo que veremos en el artículo siguiente.

 

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