La discrepancia en las necesidades sexuales entre los miembros de una pareja es uno de los cinco obstáculos principales que toda pareja debe enfrentar.  No es un tema menor ni una molestia pasajera: es una de las principales razones por las cuales el amor, que parecía suficiente, puede terminar fracasando.

Desde la experiencia clínica sabemos que una de las principales razones de la desaparición o la inhibición del deseo es la insatisfacción sexual sostenida. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año, el cuerpo aprende que el encuentro íntimo no es una fuente de placer, sino de frustración. Y para protegerse, reduce o elimina el deseo.

Es una respuesta inteligente del organismo. Un mecanismo de autoprotección que el cuerpo activa para no seguir lastimándose. Pero cuando esa defensa se instala y se normaliza, el vínculo empieza a morir en silencio.

El organismo anestesia la herida para evitar más sufrimiento. La pareja deja de tocarse. Luego deja de desearse. Finalmente, deja de encontrarse, haciendo normal lo inaceptable.

El caso de Manuel y Lucía lo ilustra con claridad: después de años de insatisfacción continua por la dificultad de Manuel para controlar su eyaculación y la acumulación del resentimiento resultante, el cuerpo de ella se apagó.

Tras un diagnóstico integral, Manuel inició el programa Control Total y dejó de utilizar el retardante y el fármaco prescritos por un profesional de la salud. Además, dejó de intentar retardar la eyaculación pensando en el partido de futbol e interrumpió el entrenamiento que había adquirido en las redes para el músculo pubocoxígeo. Esos tratamientos anteriores solo habían generado gastos inútiles, expectativas incumplidas, distrés y resentimiento.

Al mismo tiempo, Lucía entró a nuestro entrenamiento para lograr el orgasmo coital. Así pudieron darle continuidad a la elección que dio origen a su relación y, al cabo del tiempo, recuperar su sexualidad.

Para comprender cómo Manuel logró convertirse en un buen amante, primero necesitamos conocer el origen de su dificultad, por qué llegó a normalizarse, en qué consistía exactamente y por qué fracasaron sus primeros esfuerzos por superarla.

Un origen mal comprendido: coito, orgasmo y evolución

El caso de Manuel y Lucía está relacionado con dos datos que conviene mirar juntos: el coito promedio del ser humano dura tres minutos y medio, y solo un treinta por ciento de las mujeres alcanza el orgasmo durante el coito. Puestas una al lado de la otra, estas dos cifras explican gran parte del sufrimiento sexual que se vive en la intimidad.

Durante mucho tiempo se creyó que la eyaculación rápida era producto de los hábitos de masturbación ocultos y vinculados con la culpa. Posteriormente, gracias a la publicación de Patterns of Sexual Behavior de Clellan Ford y Frank Beach, supimos que la duración del coito humano era la más larga que existía en el planeta, gracias a la conducta gregaria de los homínidos, quienes podían cuidarse mutuamente durante el acto sexual (Ford y Beach, 1951).

Los datos publicados dos años después en Sexual Behavior in the Human Female por Kinsey, Wardell y colaboradores provocaron largas discusiones entre los antropólogos. Porque si el coito humano era el más prolongado del reino animal, ¿cómo era posible que esos tres minutos y medio fueran insuficientes para provocar el orgasmo en la hembra humana? De acuerdo con las leyes evolutivas, la selección natural debería haber favorecido a los hombres de coito más prolongado.

La polémica se disolvió cuando comprendimos algo que incomoda pero que es necesario decir: la evolución no favoreció el coito prolongado porque el orgasmo femenino no es necesario para la fecundación. La mayor parte de las hembras en este planeta no participan del coito para alcanzarlo. El motivo es muy sencillo: la vagina no evolucionó como un órgano para el placer. Esa misma lógica evolutiva explica por qué Manuel nunca aprendió a controlar su respuesta sexual y por qué Lucía nunca había alcanzado el orgasmo durante el coito: la evolución no tuvo necesidad de desarrollar ninguna de las dos capacidades.

Fue entonces cuando algunos antropólogos afirmamos que el orgasmo coital femenino no era parte de la naturaleza humana. Kinsey y su equipo ya habían mostrado que la duración habitual del coito era insuficiente para provocar el orgasmo en la mayoría de las mujeres, y Freud se había equivocado al creer que el psicoanálisis bastaría para resolver el problema. La razón no era psicológica sino psicofísica: el clítoris debía estimularse de alguna manera.

Desde el punto de vista clínico, eso significaba que el orgasmo clitoriano no representaba una inmadurez sexual ni era una fijación por superar. 

Décadas después, William Masters y Virginia Johnson confirmaron experimentalmente en Respuesta Sexual Humana (1966) que el roce del pene en las paredes vaginales no era el mecanismo responsable del orgasmo femenino y que todos los tipos de orgasmo de la mujer dependían, directa o indirectamente, de la estimulación del clítoris. Con esa publicación la polémica psicoanalítica quedó zanjada de manera definitiva.

Más tarde, Elisabeth Lloyd revisó en The Case of the Female Orgasm (2005) décadas de investigación y concluyó que el orgasmo femenino no presentaba una ventaja reproductiva demostrable: solo existe como subproducto de la arquitectura biológica compartida entre ambos sexos durante el desarrollo embrionario, de la misma manera que los hombres tienen pezones sin que eso tenga una función reproductiva. La capacidad orgásmica femenina podía ser extraordinaria, pero no había sido incorporada por la evolución como un requisito para la reproducción.

Más recientemente, Mihaela Pavličev y Günter Wagner propusieron en 2016 una explicación evolutiva más precisa. 

En mamíferos como conejos, gatos y leones, un circuito neuroendocrino similar —activado por la simple estimulación genital durante el coito, sin que medie experiencia orgásmica alguna— provoca la descarga de oxitocina y prolactina que induce la ovulación. En esos animales no hay orgasmo: hay reflejo. Cuando en los primates y en los humanos la ovulación se volvió espontánea, ese mecanismo perdió su función reproductiva original pero persistió, transformándose en algo cualitativamente distinto: la capacidad orgásmica femenina.

Hay un dato adicional que resulta muy revelador. Los mismos animales que Pavličev utiliza como referencia tienen coitos de una brevedad asombrosa: en el gato la penetración dura aproximadamente cuatro segundos y el proceso completo rara vez supera los treinta; el conejo completa el acto en veinte a cuarenta segundos; y el león, en diez a sesenta. Los tres son ovuladores inducidos, los tres se reproducen con eficiencia perfecta en ese tiempo, y ninguno necesita más. Así, lo que en el animal es un automatismo de segundos, en la mujer es una capacidad que debe ser descubierta y cultivada. Esto confirma algo que ya sugerían las cifras anteriores: la duración prolongada del coito no es un requisito evolutivo. Es una posibilidad característica del ser humano que debe ser desarrollada.

Desde la antropología, esto no significa que las mujeres no tengan una extraordinaria capacidad orgásmica —de hecho potencialmente superior a la del varón— sino que dicha capacidad no fue incorporada evolutivamente como una condición necesaria para la reproducción. Como vimos, lo mismo ocurrió con el control de la respuesta sexual masculina.

El problema de Manuel no era una anomalía biológica y la dificultad de Lucía tampoco. Ambos estaban intentando obtener algo que la evolución nunca tuvo necesidad de garantizar.

En ese sentido preciso, y por más que incomode decirlo, tanto la capacidad orgásmica femenina como el control de la respuesta sexual masculina son logros que deben ser descubiertos, aprendidos y cultivados. Incorporarlos plenamente al comportamiento sexual humano representa un salto evolutivo de enorme trascendencia. No se trata simplemente de mejorar el desempeño sexual, sino de desarrollar capacidades que la evolución biológica nunca tuvo necesidad de construir por sí sola.

Habiendo comprendido el origen de la dificultad de Manuel y Lucía, llegamos ahora a un tema que resulta imposible pasar por alto. Algo que, a mi juicio, sigue siendo profundamente insólito.

La normalización del mal sexo: el engaño en minutos

Aquí encontramos uno de los ejemplos más sorprendentes de cómo se puede convertir y aceptar como normal algo que produce sufrimiento a millones de parejas: el DSM-5 denomina eyaculación “prematura” o “precoz” al patrón persistente en el cual el hombre eyacula dentro de aproximadamente un minuto después de la penetración vaginal, antes de lo que desearía. ¡Solamente un minuto!

Aclaro que ese es el sistema de clasificación oficial de la Asociación Psiquiátrica Americana y que es utilizado internacionalmente. Es el que establece los criterios que médicos, psiquiatras y psicólogos emplean para diagnosticar los llamados trastornos mentales.

Más adelante dice «aunque los hombres con latencias de eyaculación de entre uno y tres minutos también pueden beneficiarse del tratamiento, no cumplen los criterios diagnósticos para la eyaculación prematura».

Las implicaciones de esta definición son evidentes. Sobran los comentarios y desarrollarlas con mucho detalle sería subestimar la inteligencia del lector. 

Al lado de esta posición oficial de la psiquiatría, lo cierto es que, según muestran las estadísticas, todos los hombres inician su vida sexual coital sin control eyaculatorio. Es la configuración inicial del ser humano. Algunos pocos logran superar la barrera del minuto y permanecer en el límite de los tres minutos y medio. Otros pocos logran aprender a controlar su respuesta sexual por sí solos, sin entrenamiento dirigido; sin embargo, a la mayoría, como a Manuel, se les acorta el tiempo por cuatro motivos: 

1.         El placer actúa como un reforzador de la eyaculación: el placer y la repetición profundizan el hábito.

2.         El distrés baja los umbrales de respuesta orgásmica: a mayor distrés, menor control.

3.         Aparece la inseguridad en la duración de la erección: el miedo dispara la respuesta general de activación.

4.         La pareja se atreve a manifestar su frustración: el sexo se convierte en un lugar inseguro.

Sea como fuere, el resultado práctico es llamativo: una relación sexual que deja insatisfecha a una enorme proporción de las mujeres está considerándose clínicamente normal. 

Sin embargo, tampoco compartimos la conclusión opuesta. El hecho de que una respuesta sexual produzca dificultades no significa necesariamente que estemos frente a una enfermedad.

Desde nuestra perspectiva, la mayoría de estos hombres no están enfermos. Carecen de una habilidad que nunca fue necesaria durante la mayor parte de la historia evolutiva de la especie. Lo que necesitan no es tratamiento farmacológico sino entrenamiento.

Esta limitación fue tolerada durante milenios, pero dejó de serlo cuando la mujer comenzó a exigir su derecho al placer.

 

El papel y el peligro de los falsos profetas

A partir del momento en que la mujer comenzó a exigir satisfacción, científicos con una visión reduccionista de la sexualidad comenzaron a recibir subsidios de las compañías farmacéuticas para investigar si la “eyaculación precoz” podía relacionarse con algún trastorno físico que requiriera medicamentos patentados. Así se llegó a afirmar que la dificultad tenía su origen en aspectos hormonales y metabólicos: un exceso de tiroxina, una falta de testosterona o cambios en los niveles de serotonina.

Es cierto que el hipertiroidismo, los niveles bajos de testosterona o de serotonina se relacionan de alguna manera con la respuesta sexual. Pero eso es distinto a pretender que existe una relación causal con la falta de control. Pretender esa causalidad es tan absurdo como creer que no saber andar en bicicleta puede originarse en un desequilibrio bioquímico.

Los fármacos prescritos que he podido verificar en mi consultorio incluyen la dapoxetina que le habían prescrito a Manuel, clomipramina, paroxetina y fluoxetina. 

Desde nuestra perspectiva, esto es indefendible, porque tomar un antidepresivo sin tener una depresión para solucionar la falta de control de la respuesta sexual es como intentar acabar con las ratas del sótano tomándose un veneno.

Hay además otro problema: reducir la sensibilidad del pene solo empeora las cosas, pues hace aún más ineficiente la comunicación entre el cerebro y los genitales. Cuando Manuel y Lucía comprendieron esto, entendieron por qué el uso del retardante había empeorado su situación en lugar de resolverla.

En estos tiempos en que todo se encuentra en internet han aparecido también otros falsos profetas. Le llamo así porque prometen una solución que solo empeora la dificultad.

El más sofisticado es el entrenamiento aislado del músculo pubocoxígeo. El programa que estaba siguiendo Manuel tenía una presentación asombrosa y una lógica bastante creíble. Sin embargo, aunque los ejercicios de Kegel son esenciales para lograr el control de la respuesta sexual, por sí solos son insuficientes. Creer que pueden funcionar solos es como creer que puedes correr un maratón con solo entrenar los músculos de las piernas en un gimnasio.

Los falsos profetas no habitan únicamente los laboratorios ni los congresos científicos. Cuando una necesidad humana permanece insatisfecha durante demasiado tiempo, aparecen también en la cultura popular. Algunos visten bata blanca; otros hablan desde las redes sociales, los vestidores deportivos o las reuniones familiares. 

Pero el peligro no termina allí, porque toda dificultad frecuente no solucionada genera alternativas de todo tipo. Algunas se presentan con el lenguaje de la ciencia y otras con la apariencia del sentido común. Unas se venden en farmacias; otras circulan de boca en boca, en redes sociales o en conversaciones entre amigos. Sin embargo, comparten un mismo error: intentan resolver la falta de control sin comprender realmente cómo funciona la respuesta sexual.

Las soluciones populares y sus estragos

Al lado de las prescripciones oficiales, la cultura popular está llena de falsos profetas igualmente dañinos. Recomendaciones que han pasado de generación en generación, repetidas por la ignorancia y la desesperación, como la que estaba utilizando Manuel: pensar en el partido de fútbol.

Otras recomendaciones recogidas en mi práctica clínica incluyen morderse los labios, rezar el Ave María y hasta pensar en la suegra. 

El objetivo de todas estas técnicas es el mismo: desviar la atención del placer para retardar la eyaculación. Pero hacerlo es la receta perfecta para destruir la intimidad y hacer más lejana la solución.

Recuerdo el caso de un hombre que durante años había estado pensando en su suegra cuando tenía sexo con su esposa. Según le habían dicho antes de casarse, eso le permitiría mayor control. Cuando vino a verme estaba realmente desesperado: seguir la recomendación le había provocado una reacción inesperada. Había perdido el deseo por su esposa, y el solo hecho de pensar en su suegra le excitaba. Cuando publiqué esa historia en mi libro Las 100 preguntas y el arcoíris del género, varias personas me escribieron contando experiencias semejantes.

No es una anécdota graciosa. Es una tragedia íntima.

La moraleja es clara: la sexualidad existe para disfrutar, para jugar, para dar y recibir placer, cariño y amor. Todo intento de desviar el acto sexual de esos objetivos está destinado a provocar resultados inesperados.

Después de más de treinta años observando casos como el de Manuel, descubrimos que detrás de la falta de control eyaculatorio aparecen una y otra vez los mismos mecanismos.

Las cinco causas de la falta de control

El primer mecanismo es un umbral de respuesta orgásmica más bajo de lo habitual como consecuencia del distrés. Cuando el organismo vive en estado de alarma permanente, todo se acelera, incluida la respuesta sexual.

El segundo es la carencia de una adecuada comunicación entre el cerebro y los genitales. Por ese motivo las técnicas que reducen la sensibilidad del pene, lejos de ayudar, empeoran este problema: hacen aún más ineficiente la conversación que ya estaba rota.

El tercero es la falta de una representación suficientemente consciente del músculo pubocoxígeo y de la musculatura implicada en la respuesta sexual. Cuanto menos atención presta el hombre a esta zona del cuerpo, menos representación cerebral tiene y menos control puede ejercer.

El cuarto es la incapacidad fisiológica y psicológica para sostener altos niveles de placer sin descargar automáticamente la tensión acumulada.

El quinto es la dificultad para reconocer y modular conscientemente el reflejo eyaculatorio durante la fase de meseta.

Las cinco causas comparten una misma raíz: la desconexión entre lo que el cuerpo hace y lo que la consciencia puede observar, sostener y dirigir.

Existe además una creencia muy extendida que conviene desmontar desde el principio: la idea de que los hombres eyaculan rápido porque sienten demasiado. Lo que ocurre en realidad es precisamente lo contrario. El hombre que no tiene control eyaculatorio no eyacula rápido por exceso de placer sino por ausencia de presencia. El reflejo ocurre antes de que aparezca el observador. Eyacula rápido sintiendo demasiado poco, porque su consciencia no alcanza a habitar lo que su cuerpo experimenta antes de que el reflejo se dispare solo.

Estas cinco causas no son independientes. Se refuerzan entre sí. El distrés baja el umbral, la falta de comunicación cerebro-genitales impide percibir las señales tempranas, la ausencia de representación muscular dificulta la intervención voluntaria, la incapacidad para sostener el placer activa la descarga automática, y la fase de meseta transcurre sin que la consciencia llegue a habitarla.

Al inicio de este artículo ofrecimos entender por qué la dificultad de Manuel existe, por qué el mundo aprendió a tolerarla y por qué los primeros intentos de superarla fracasaron. Las cinco causas completan esa promesa. 

Sabemos ahora que no se trata de una enfermedad ni de un defecto de carácter: se trata de la ausencia de una habilidad que la evolución nunca tuvo necesidad de desarrollar, que el sistema médico oficial normalizó durante décadas y que los falsos profetas intentaron resolver con herramientas equivocadas.

Lo que aún falta es lo más importante: saber exactamente dónde y cómo intervenir. Eso es lo que Manuel encontró. Y es lo que hacemos en el entrenamiento Control Total.

Referencias

Ford, C. S., & Beach, F. A. (1951). Patterns of Sexual Behavior. New York: Harper & Brothers.

Lloyd, E. A. (2005). The Case of the Female Orgasm: Bias in the Science of Evolution. Cambridge: Harvard University Press.

Pavličev, M., & Wagner, G. (2016). The evolutionary origin of female orgasm. Journal of Experimental Zoology Part B: Molecular and Developmental Evolution, 326(6), 326–337.